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Indiferencia

Es un término que puede asociarse con aburrimiento, negligencia, apatía, desinterés, pereza, pasividad y complacencia. Sin duda, esta nace de nuestro egoísmo; del egoísmo que nos lleva a pensar que lo único que vale la pena es vivir para nosotros mismos, para conseguir lo que deseamos, lo que nos parece importante, lo que nos coloca por encima de los demás, lo que nos distingue del común de la gente, lo que nos acredita como los mejores.

Muchas veces hay indiferencia hacia a Dios, a quien pretendemos sacar de nuestra vida, no queriendo hacer su voluntad, como si no existiera, porque su presencia nos estorba, pues pensamos que es exigente y nos señala un camino para seguir.

Ser indiferente es equivalente a una vida impotente. Como dijo el apóstol Pablo “De una sola sangre ha hecho Dios todo el linaje de la tierra” el dolor de los demás es nuestro dolor. No podemos y no debemos mirar hacia el otro lado; no es posible que amemos a Dios y menospreciemos  a nuestros semejantes, esta nos endurece el corazón, nos vuelve ciegos, sin que nos demos cuenta de ello, nos hace irreconocibles aún para nuestros familiares y personas más cercanas, nos hace perder nuestra humanidad la cual nos asemeja a Dios.

Dios quiere que seas una persona sencible, que da amor a los demás, Él quiere que seas sencillo, humilde, servicial con cada una de las personas que están a tu alrededor. Jesús te invita a que pongas a Dios en primer lugar, que sea el centro de tu vida ya que eso te llevará a ser una mejor persona la cual cada día se parecerá más a su creador.

- No podemos ser indiferentes en nuestra relación con Cristo. Apocalipsis 3:15-16



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